¿Y si no dejáramos de soñar?

Javier Rocamora

Si cada vez que alguien ha dicho “eso es imposible” no hubiera habido otro alguien que se lo cuestionase, seguiríamos en las cavernas, comunicándonos por señales de humo y garrotazos en el cráneo, y llamándonos Urgh y Krajk.

Eso sí, todos los grandes descubrimientos se han hecho de forma cooperativa, subidos unos sobre los hombros de otros. Einstein no hubiera sido más que un oscuro empleado de patentes si no hubiera existido Newton, o Galileo, o cientos de años de desarrollo matemático. Él puso la chispa de genialidad que empieza por “¿Y si…?. Y aunque a él no le gustaba nada aquello de que Dios jugará a los dados, Einstein recibió el Nobel no por sus teorías de la relatividad especial y general, sino por descubrir el efecto fotoeléctrico, lo que fue uno de los pilares de lo que hoy conocemos como mecánica cuántica.

Atreverse a cuestionar las normas, algo que en la ciencia no sólo ed normal, sino que es parte indispensable del método científico, es algo “subversivo”, “ideológico”, incluso “antipatriótico” si hablamos de negocios, economía o política.

Mostradme uno sólo de esos casos de éxito que se estudian en las escuelas de negocios que se haya basado en el conservadurismo y el respeto por las reglas.

Es el único patrón que se repite, de Steve Jobs a Elon Musk o a Amancio Ortega: cuestionarse lo establecido. Darle una patada al tablero de ajedrez y jugar a otra cosa en lugar de intentar ganar la partida.

Es curioso, adoramos a esas personas como a héroes, queremos imitarles, pero somos incapaces de tener la paciencia y la visión a largo plazo imprescindibles para que las innovaciones puedan desarrollarse. Elon Musk se está gastando una fortuna en cosas como llevar humanos a Marte, en trenes que circulen a 1000 km por hora o, lo último, en buscar una forma más eficiente de perforar túneles para crear nuevas vías subterráneas de comunicación que descongestionen el tráfico. Sabe que muchos de esos proyectos pueden no llegar nunca a ver la luz, pero se atreve a gastar parte de su fortuna en ello.

Cuando tenemos un pequeño negocio, dejamos que el día a día nos devore y nos destruya. O bien alimentamos nuestro ego (“esto tengo que hacerlo yo”, incluso si tú no eres la persona que lo haría de forma más eficiente), o bien nos puede la avaricia: tengo que comprarme un coche caro, una casa cara, un barco, lo que sea, para que se note que soy un triunfador. Eso si nos va muy bien, claro. Si, como es habitual, simplemente vamos tirando, caemos en el conformismo. Esto es lo que tengo, con esto me quedo. Dejamos de soñar.

En mi opinión, un empresario que deja de soñar se convierte en un gestor. Y (que me perdonen los gestores y los contables) no se me ocurre nada más aburrido. Pusiste en marcha un negocio. ¿Dónde fue a parar tu cena creativa? ¿Qué viene ahora? ¿Se han esfumado tus sueños?…

Quizá si buscas en tu interior redescubre aquello que te hizo lanzarte: la ilusión por crear algo nuevo. Siempre, en cualquier sector, se puede innovar. Y lo más probable es que dentro del equipo que te rodea haya gente con muy buenas ideas. ¿Alguna vez te has parado a escucharlas? Recuerda: las buenas ideas se cuecen en equipo.

Tal y como está el mundo, hay muchas cosas que es necesario hacer, muchos desafíos que afrontar en los próximos años si queremos que exista un futuro mejor, o simplemente un futuro.

¿No es hora de cambiar las reglas? ¿Y si volvemos a soñar? ¿Y si…?

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